Cuando las palabras no son independientes

“¿Quién va a meterse por el culo mi libertad de expresión, cuando diga que me cago en la Constitución? […] Estoy cansado de romper televisores y vuelven a salir de dentro siempre los mismos señores” Luce la oscuridad (Extremoduro)

- Escrito el 01 octubre, 2017, 4:06 pm
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Artículo de opinión de Alberto Martín | Traductor

La libertad de pensamiento y, en consecuencia, de expresión se suponen un pilar básico de los estados democráticos occidentales. Es uno de esos mantras que alguien se ha encargado de repetir para que se nos quede grabado a fuego en nuestro subconsciente colectivo. Pero puede resultar paradójico que se apele a esa libertad cuando lo que abunda es el pensamiento único más o menos impuesto a través del sistema y, en realidad, no se promueve el pensamiento crítico; básicamente porque no conviene.

En un artículo llamado “La lógica paradójica capitalista” publicado en Aquí en Elche mencionaba que los tentáculos del pulpo del capital se introdujeron en los distintos ámbitos de la vida ciudadana para crear unos medios de desinformación complacientes, una doble moral que expiara las culpas de las injusticias y una política mediocre dada al clientelismo que no provocara problemas de tipo estructural.

«Se machaca una idea que al final es tomada como verdadera, no porque necesariamente lo sea, sino porque es la única disponible»

Pues bien, ya sea por uno u otro de estos medios, se machaca una idea que al final es tomada como verdadera, no porque necesariamente lo sea, sino porque es la única disponible. Y esto se traduce en la fosilización de palabras en ocasiones con una intencionalidad ideológica, que pierden su independencia para permanecer unidas por siempre jamás en pro de esa idea.

La forma de detectar cuándo dos términos están fosilizados es tratar de buscar alternativas y llegar a la conclusión de que no las hay o escuchar a nuestra intuición lingüística diciendo que dejemos de buscar. Es el caso de marco incomparable (no inigualable o insuperable), de enérgica condena (no fuerte o vigorosa) o de librecambio, donde la fosilización termina siendo léxica. En inglés suelen denominarles collocations: great job, high fidelity.

Un ámbito donde encontrarlas a menudo es el de las retrasmisiones deportivas, en especial en la liturgia futbolística: actuación arbitral, como si el árbitro fuera protagonista de una obra de teatro; primeros compases (del partido), como si fuéramos a concierto de música.

Podemos encontrar ejemplos en el bombardeo informativo diario, como clase media. Resulta curioso que nunca se hable de la baja o la alta, aunque por contraposición se debería. En una de las épocas con mayor desigualdad social, el empeño de nuestros gobernantes por hacernos creer que somos iguales lleva a retorcer las palabras de este modo, incluso a ponerle la muletilla detrás: clase media trabajadora, para darle un toque marxista. Sin embargo, ¿cómo es posible que un mileurista y un médico pertenezcan ambos a este supuesto y amplio grupo social?

Paralelamente a la invención por parte de algún periodista de desafección política, que no futbolística o laboral, también surgió la clase política, que parecía haber nacido para dedicarse a la política por vocación, igual que un torero para matar. Curiosamente fueron los políticos quienes luego han empezado a usar esta expresión sin una connotación necesariamente negativa, dándola la vuelta a la tortilla lingüística.

Muchas veces la segunda palabra sale sola. Si le dices a alguien brecha detrás viene ineludiblemente salarial, a no ser que te hayas golpeado la cabeza o que te encuentres en una marmolera; es decir, las diferencias de retribución existente entre hombres y mujeres en el mercado laboral, brecha que no se cierra nunca. En otras ocasiones es el éxito de algún programa el que hace que tras maldita venga cogida de la mano hemeroteca.

Y es que parece que repetir muchas veces una cosa la hace verdad. Bastante antes de que efectivamente fuera un desafío, cuando ni siquiera había referéndums de por medio, la mayoría de medios se posicionaban hablando de desafío independentista, lo cual caló para hacer frentismo. Los del “otro bando” tampoco se quedaron atrás para acuñar su temido procés sobiranista. No obstante, y pese a tener mucho sentido, no se ha escuchado desafío norcoreano.

En estos momentos no hay contertulio o presentador que no pronuncie referéndum sin poner un ilegal detrás. Uno se pregunta si en una democracia puede haber un referéndum realmente ilegal: es posible que una ley sea ilegal, anticonstitucional, contraria a derecho, que establezca medidas que lleven a delitos como malversación de fondos públicos, pero un referéndum en todo caso debería ser, en un estado de derecho, simplemente inválido, no vinculante, sin efectos jurídicos. En caso contrario, que imputen a miles de cientos de catalanes.

Los miembros de “cada bando” se han arrojado entre sí su literatura ideológica sin ningún tipo de sensatez semántica. Reconocido o no por alguna de las partes, la idea que encierra autodeterminación es la del (supuesto) derecho de un pueblo a decidir su propio futuro. Ahí el prefijo auto- tiene el significado claro de selfie, como en autorretrato; es decir, si el futuro de parte de un territorio lo decide todo el territorio ya no estamos hablando de lo mismo.

Cuando las palabras no son independientes, quizás sí deberíamos apelar a su derecho de autodeterminación, para que no sean secuestradas por grupos ideológicos enfrentados. Visto el panorama, se antoja una empresa harto complicada, por lo que sólo queda citar a un clásico: “Estoy cansado de romper televisores y vuelven a salir de dentro siempre los mismos señores” (Roberto Iniesta, de Extremoduro).

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