Las aparadoras se unen frente a la precariedad laboral

La asociación surge para cambiar una situación que las ha llevado, después de pasar toda la vida trabajando, a no tener derecho e cobrar una pensión por jubilación

- Escrito el 07 junio, 2018, 8:00 am
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Más de cuarenta años han tenido que pasar para que las aparadoras de Elche hayan decidido unirse y movilizarse, para evidenciar que ya no pueden soportar durante más tiempo las precarias condiciones laborales en las que realizan su trabajo. Las aparadoras forman parte del eslabón principal de un modelo productivo, que, sin embargo, las ha ido denigrando poco a poco. Un modelo productivo que se desarrolla en Elche en los años 70 y que, desde entonces, ha estado envuelto por la sombra de la economía sumergida y la precariedad laboral.

Contenido económico y laboral
Forman parte de un sistema económico basado en la economía sumergida

Hartas de sufrir las consecuencias, el pasado 20 de abril se agruparon para constituir la ‘Asociación de Aparadoras y Trabajadoras del Calzado de Elche’. Una asociación a la que han dotado de un fuerte contenido económico y laboral. No quieren ser una mera voz de denuncia, quieren regularizar una situación que la mayoría de ellas califica de ´esclavitud`.

Los principales problemas que sufren son las consecuencias de un sistema basado en la economía sumergida, donde no cotizan a la Seguridad Social y, por tanto, no pueden cobrar en caso de enfermedad, maternidad, ni tampoco el subsidio por desempleo.

Al llegar al momento de la jubilación es cuando muchas de ellas se han dado cuenta de lo terrible de su situación. Para el Estado, y a todos los efectos legales, ellas no han trabajado nunca y por tanto no tienen derecho a cobrar una pensión de jubilación, tras haber trabajado 50 años sin descanso.

Trabajando desde niñas
Empezaron a trabajar desde niñas y ahora quieren regularizar su situación

La mayor parte de estas mujeres, empezaron en el oficio siendo niñas, algunas con tan sólo diez años. Y lo hicieron en una sociedad permisiva con el trabajo infantil, que no veía con malos ojos que una niña se sentase frente a la máquina de aparar más de diez horas al día, mientras sus amigas jugaban en la calle.

Cuando se les pregunta por qué han tardado tanto en denunciar su situación laboral, todas coinciden: “ha sido por miedo”. Han tenido, y muchas de ellas aún lo tiene, mucho miedo a que se tomasen represalias por protestar, a parecer desagradecidas por la oportunidad que se les ha dado… Un miedo que ahora, cuando se han visto al borde de la jubilación y sin un día cotizado, se ha convertido en rabia.

La otra cara de la moneda
«Trabajar en la clandestinidad es pan para hoy y hambre para mañana» C. Martínez (aparadora jubilada)

Conchi Martínez siempre ha trabajado como aparadora dada de alta en la Seguridad Social, menos un breve paréntesis en su vida laboral que ella misma eligió para criar a su hijo. Sobre la decisión de no aceptar trabajos en los que no mediara un contrato laboral ha pesado mucho el consejo que su padre le dio desde bien jovencita para que siempre trabajase de manera legal.

“Mi padre siempre nos decía que trabajar en la clandestinidad era pan para hoy y hambre para mañana. Me alegro de haber seguido sus consejos ya que, de no haberlo hecho, ahora me encontraría con una enfermedad que me invalida para trabajar, y que no se me hubiese reconocido como tal de no haber cotizado durante toda mi vida laboral”.

A pesar de haber cotizado siempre, para Conchi tampoco fue fácil el recorrido que tuvo que hacer hasta conseguir que se le reconociese que su enfermedad de las manos no era propia, si no causada por su trabajo de aparadora. Explica que los problemas con las manos empiezan desde que se empieza a aparar: “ya desde muy jovencita me dolían las manos, por las noches se me dormían y se quedaban rígidas”

Incapacidad Laboral Permanente

Cuando ya no pudo soportar más el dolor fue cuando le pidió a su médico la baja laboral. “Ahí fue donde me dijeron que eso era responsabilidad de la Mutua. En la Mutua me realizaron muchas pruebas médicas para demostrar que mi problema con las manos era de artritis y no provocado por la máquina de aparar”.

Reconoce que los médicos de la Mutua la atendieron bien, pero, en el plano administrativo, la burocracia es tremenda. “Me mandaron a muchos sitios para demostrar lo indemostrable. A Valencia a operarme, a Madrid… En Madrid me escayolaron la mano con las falanges mal puestas y así se han sellado, por lo que los dolores continúan y las manos no me han quedado bien, ni siquiera puedo escribir”.

A los 56 años, hace dos le han confirmado la incapacidad laboral permanente. Ello ha sido posible por todos los años que ha cotizado y porque no se rindió ante las dificultades que le pusieron para negársela. Ya no volverá a coger una máquina, simplemente no puede hacerlo. “Es una pena porque a mí me gustaba mucho mi trabajo, aunque nunca hemos estado bien miradas. Este es un trabajo creativo, como el de las modistas”.