Renunciar a la verdad

Un colega que vive y trabaja en Barcelona me decía: no te creas lo que dicen en la tele. En una charla universitaria escucho al ponente comentar que hay gente en este país que es antes que demócrata, patriota; reconociendo de paso lo polémico de su sentencia

- Escrito el 02 noviembre, 2017, 11:30 am
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Leo de personas que estimo el escándalo que supuso la actuación de las fuerzas de seguridad en Cataluña. Hablo con amigos que han estado en manifestaciones sobre la opresión que sienten a decir lo que piensan. Debatimos en mesas de padres sobre independentismo y autodeterminación.

El sesgo de cada cual habrá llenado estas frases de sus propios contenidos: ¿qué fuerzas de seguridad generaron escándalo en aquél? ¿Qué patriotismo se antepone a la democracia? ¿Qué concepto de democracia mismo maneja el ponente?

Junto con esta plétora de opiniones mundanas, proliferan en los medios de comunicación una multitud inabarcable de artículos de opinión, líneas editoriales, mensajes de WhatsApp cuyo dudoso fundamento se extiende víricamente a través de los grupos, vídeos en Facebook de origen casero y un sinfín de información cuyo sesgo, más o menos evidente, no hacen sino dificultar hasta el extremo, por pura saturación, una mínima penetración en la comprensión de un fenómeno que será crucial para el futuro de España y de la Unión Europea.

Estudio reposado

Parece que esta desenfrenada producción en el mercado político de cualesquiera bienes para consumo nuestro constituye un triunfo definitivo de la Ilustración, de la ´pluralidad democrática`. No obstante, resulta difícil vislumbrar una mínima coherencia global a un fenómeno -a un enjambre de fenómenos- que parecen exigir más bien de un reposado estudio alejado de las huracanadas turbulencias mediáticas.

Porque ya no se trata sólo de ´tener una opinión`, sino de la solidez de la misma, cuya confrontación con otras, por cierto -único sistema de medición de esta- haría mejor en circunscribirse a unos acotados grupos de control que al maremágnum masivo del juicio público. No se trata tanto de adoptar una falsa neutralidad, como si los acontecimientos no fuesen con nosotros, pues, meros observadores, permanecemos apartados del ´mundanal ruido` para cerrarnos en nuestro despacho; cuanto de mantener una mínima higiene crítica. Al contrario, aquí se trata de adoptar un compromiso ineludible con unas circunstancias que desbordan una normalidad institucional que está siendo desgastada a ojos vista por una general irresponsabilidad que, además, viene de muy atrás.

Intento de comprensión

En las circunstancias en las que nos encontramos tomar partido tampoco es suficiente. El esfuerzo adicional ha de hacerse en el intento de comprensión de la parte contraria, se abrace el ´constitucionalismo`, el ´independentismo`, o cualquier otro ismo político que se quiera plantear -aquí denominaciones habrá tantas como se interpreten las acciones propias frente a las contrarias y la recíproca. Porque la realidad es que, a un lado y al otro hay millones de personas con grados diferentes de convicción o movilización, pero millones, al fin y al cabo.

«El concepto de ´posverdad` pretende recoger relatos que se amoldan a la perfección al gusto de un consumidor que busca los mensajes que satisfacen sus preferencias»

Sencillamente no se puede arrebatar la racionalidad a millones de ciudadanos, so pena de recaer en una concepción verdaderamente irracionalista y desoladora de la ´multitud policéfala` arrastrada visceralmente hacia el abismo. No obstante, tampoco podemos descartar este punto completamente. Hemos llegado a un punto tal de deterioro cognitivo, no precisamente por analfabetismo o estulticia, sino por saturación de información e incontrastabilidad, por trituración comunicativa, que resulta prácticamente imposible atribuir valor de verdad a nada de lo que escuchamos, vemos o tocamos (“¿Dónde demonios están los 800 heridos?”). El concepto de ´posverdad` pretende, parece – ¿quién sabe?-, recoger esta situación epistemológica de una máquina global de producir relatos que se amoldan a la perfección al gusto de un consumidor que tiene perfectamente claro dónde localizar los mensajes que satisfacen sus preferencias y de negar los otros, o de ignorarlos soberanamente.

¿Legitimidad democrática?

Podríamos apelar a deficiencias genéricas del sistema educativo para justificar esta pérdida de racionalidad, pero de nuevo nos enfangaríamos en un campo, el de la educación, oscurecido hasta el máximo ensombrecimiento por una máquina de producción ideológica que con cada moda de turno adopta un agónico renovacionismo. Hasta el punto de que el lema de la ´nueva educación` lleva funcionando desde hace más de cuarenta años, por no decir ochenta o cien. Sería un verdadero círculo vicioso, como un ouroboros que se devora a sí mismo.

Además, hablamos de una mínima racionalidad funcional, práctica o prudencial, más que de una abstrusa racionalidad teorética al estilo aristotélico (de la vida contemplativa). De la que electricistas, médicos, barrenderos, parados y profesores poseen; con las que se manejan en la vida diaria, podríamos decir. Con la que se deciden a acudir a una manifestación o a votar a un determinado partido o a destrozar un vehículo de la guardia civil por ´legitimidad democrática` o a negarse a reconocer ninguna legalidad más allá de la que brota espontáneamente dentro del pulcro marco democrático (¿pero de qué democracia?).

No, no se puede descartar aquel punto completamente. Pero incluso así, habrá que proceder a intentar interpretar la posición opuesta, siquiera sociológicamente (o psicológicamente), para envolverla en nuestra propia comprensión de los hechos, y contrastarla mínimamente. Porque de no intentar este trámite, difícilmente podemos escapar de la mera ideología partidista. Por otro lado, todo reduccionismo sociologista o economicista, ineludible por otra parte, no dejará de constituir un reduccionismo que puede entorpecer este intento de totalización.

Teoría partidista

Dado el presente en que nos encontramos (escribo un día antes de la posible aplicación del artículo 155 de la Constitución), al menos hemos tomado consciencia de que la verdad en teoría política (y al final aquí lo que se está dirimiendo es un tema de esta índole: derecho, justicia, legalidad, democracia…) es irrelevante. Entiéndase que esta ´teoría` no es ajena a la práctica política, sino más bien producto de ella.

«Toda teoría política es necesariamente partidista»

Leyendo a G. Sabine en un libro de 1937, afirma que “tomada en su conjunto, es difícil poder decir que una teoría política sea verdadera”. ¿Cómo determinar, entonces, su valor? Toda teoría política es necesariamente partidista, pues ya hemos rechazado la ficción de pretendida neutralidad, que no es sino hipocresía encubierta o ingenuidad ejercida. Gustavo Bueno, en su Primer ensayo sobre las categorías de las ‘ciencias políticas’ propone al respecto: “En el supuesto de que el partido que tomamos sea más poderoso (es decir, capaz de reducir a los otros), entonces su partidismo será condición de objetividad”. Toda teorización política tiene una determinada implantación (lo contrario es puro delirio idealista), ¿es la capacidad de predominio efectivo la que marca su verdad? ¿Es la efectividad el criterio de su validez (verum est factum)?

Son esas riadas de gente cuya frágil racionalidad práctica se ve reforzada por la seguridad de la masa las que van a determinar el curso de los acontecimientos, más incluso que los políticos, sean líderes de esos movimientos, o meras cabezas visibles de corrientes subterráneas que fácilmente pueden escapar a su control. Como siempre, el futuro es imprevisible.

No obstante, no dejo de pensar en Sócrates, y en esa renuncia a la verdad no ya vulgar la de la doxa, la de los sofistas, la de la posverdad, sino a la de la propia teoría política. Pues en cierto modo ésta nació con él en Grecia, en su Atenas, por la que andaba buscando saber. Esa Atenas que lo condenó a muerte. Como siempre, también la gente es imprevisible.