Sobre el tópico de la lectura como acto cultural

- Escrito el 04 junio, 2018, 11:00 am
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DIGRESIONES FILOSÓFICAS | Artículo de opinión de Ángel Martín
«De igual modo que no tienen más salud los que comen muchísimo que los que ingieren lo necesario, así tampoco son inteligentes los que leen mucho, sino los que leen cosas útiles» Aristipo de Cirene

En estos tiempos de progresiva digitalización, desde los centros educativos se suele recomendar la lectura entendida como el acto educativo por antonomasia, como una especie de reducto de raciocinio, de muralla frente a la frivolidad estólida de las redes sociales. Estas hacen gala de grandes valores que todo adolescente adquiere con diligencia, como la opinión discrecional infundada, la autoimagen erótico-narcisista o la afectividad espontánea superficial, que complementan a su vez las cualidades cívicas que promueve la televisión.

Como alternativa a esa fuente de ´paideia`, la lectura -de libros, se entiende-, no posee tanto atractivo, aunque ofrece otras virtudes que solemos englobar bajo el paraguas de la idea de cultura. El deseo de contrapesar semejante volumen de inmundicia puede provocar una extralimitación respecto a nuestra apología del noble arte de leer, que es de lo que vamos a tratar.

Leer cosas útiles

No cabe duda de que leer es una actividad que fomenta la concentración o que implica un trabajo intelectual superior. No obstante, tampoco se puede deducir de ello que toda lectura por sí misma conduzca al desarrollo de la inteligencia o que vaya a proporcionar efectos salutíferos sobre el alma infecta que habita en nosotros. Y mucho menos, paradójicamente, cuando queremos hacer de la lectura de los que llamamos clásicos esa fuente de sanación.

Ya un filósofo de antaño, entre los siglos V y IV a.C., llamado Aristipo de Cirene, denunciaba, según Diógenes Laercio, que: “De igual modo que no tienen más salud los que comen muchísimo que los que ingieren lo necesario, así tampoco son inteligentes los que leen mucho, sino los que leen cosas útiles” (II, 71).

No todo es cultura

El escepticismo sobre los efectos terapéuticos surge en el momento en que se analizan los contenidos materiales mismos que componen esa actividad. Nadie en su sano juicio consideraría que alguien que leyera y memorizara la guía de teléfonos -los más jóvenes no sabrán qué es eso, por cierto- es una persona más instruida o inteligente frente a otras. Acaso sería más bien al contrario, pensaríamos que esa persona necesita una atención psicológica urgente, o tal vez que era un artista dadá.

Si nos vamos al contenido la disparidad es absoluta. Normalmente no pensamos en manuales técnicos o en libros de instrucciones cuando hablamos del fomento de la lectura. Más bien la literatura en sus múltiples formas (incluyendo el ensayo o la filosofía) es la que entra dentro de las categorías encumbradas en el pedestal de la cultura. Hallamos más bien motivos de incertidumbre respecto a su valor, que de seguridad. Pues si algo caracteriza mínimamente a las ´grandes obras` es su crítica brutal al régimen de turno, cuando no también, en algunos casos, a una concepción autocomplaciente de la subjetividad muchas veces rallando en el nihilismo más absoluto.

Se podría pensar que semejantes obras pueden ofrecer el parapeto desde el que ofrecer resistencia frente a la degradación y ahí residiría su valor. Lo cierto es que, con el afán de promover la lectura a cualquier precio, como en una especie de reacción histérica ante el degenerado estado presente, se promueven no ya esas ´grandes obras`, sino también sucedáneos que promuevan valores comúnmente aceptados en nuestra sociedad.

Inevitablemente esos clásicos adolecen de una distancia fatal con un presente desde el que la percepción de su valor ´inmortal` se hace cada vez más difícil. Por ello son necesarios sustitutos contemporáneos que ejerzan, esta vez con mayor sencillez, una labor terapéutica y constructiva para la conformación de la personalidad de los jóvenes lectores. Encubriéndose bajo el pretendido desarrollo de la capacidad crítica, se sostienen planteamientos edificantes en los que la complejidad real queda ensombrecida por discursos maniqueos acerca de los problemas que afectan a esos jóvenes, normalmente muy limitados y concretos (y más pobres).

Intenciones disfrazadas

Quizá precisamente este afán de alabar la inmortalidad de las grandes obras no sea sino otro modo de oscurecer su valor. Elevarlo al peldaño superior del clasicismo puede implicar la desactivación de su potencia demoledora, solo perceptible precisamente cuando se aferra su carácter mundano ´positivo`, frente a su adoración transmundana como una obra eterna para la Humanidad.

Todavía es peor cuando las obras son leídas desde el presente con fines enteramente ideológicos, como mecanismo de legitimación de determinadas corrientes que por su actualismo más o menos perecedero, buscan referentes para revestirse de la pátina de tradición y venerabilidad de la que en el fondo puedan carecer. En ocasiones, las reivindicaciones de centenarios o aniversarios de ciertos hombres o mujeres aparentan este cariz más bien superficial.

Juicios provisionales

Evidentemente no se puede generalizar, pues siempre cabe la posibilidad de que aparezcan productos de calidad excepcional, en géneros o modos que en principio no parezcan propicios para ello. Y en este sentido, la completa demonización de esas redes sociales de las que lleva a cabo un uso exhaustivo no puede ser llevada a cabo, a riesgo de exponerse a una, a su vez, demoledora acusación de fósil intempestivo.

Por último, lamento el carácter premeditadamente abstracto de este artículo, en el que no se precisan las obras que podrían incorporarse a cada categoría. Pues el riesgo de subjetivismo en el que solo queden plasmadas las propias filias y fobias es alto, y solo algún que otro presuntuoso, como Harold Bloom, puede permitirse elaborar listas de ´hits` de la Literatura Universal (u Occidental). No tenemos capacidad para colocarnos en el gusto del Ser Universal, ni en el de Occidente. Preferimos permanecer con Aristipo, e ir juzgando provisionalmente, según las circunstancias, el horizonte de la utilidad.

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